18 de octubre de 2016

Diario de viaje [5,6,7&8]: Misiones, La fiesta y despedidas

Imagen propia
Después de ser despertada por un jabalí bebé demasiado curioso y molestó, no tuve tanto descanso aunque me moví de cama, nos levantamos temprano para decorar el salón. El problema fue que íbamos a hacer la fiesta en el patio junto a la casa, con un toldo blanco como techo pero a la noche el viento lo voló y no podíamos arreglar. Por suerte, uno de mis primos nos ofreció su galpón así que todos fuimos ahí a armar la decoración.
Con la ayuda de mis tíos y primos chiquitos –porque los mayores estaban durmiendo con su resaca- nos pusimos a acomodar todos los adornos y globos. Luego, un grupo de mujeres se nos acercó y ofreció ayudar, trayendo telas y alfileres. Tengo que admitir que estuve muy molesta porque cuando ya teníamos todo terminado se ofrecieron a ayudarnos, cuando muy bien podrían habernos dado una mano con lo globos pero en fin, al final fue entre todos que logramos colgar y acomodar todo el lugar.
Cuando estuvo todo en su lugar, aproveché a ir a prepararme para cuando llegara todo el mundo, aunque en ese momento ya había comenzado a caer varias familias.
Llegó el momento, todos estábamos en el lugar, algunos sentados y otros estábamos corriendo de un lado a otro, cuando llego el abuelo. En su silla de ruedas entró encabezando a todos, siendo llevado por sus dos hijos mayores, tío Sabelino y tío Ivo, seguido por sus demás hijos y sus nietos. Recibido con aplausos y alegría, con un recitado de su vida y logros, comiendo un asado y torta, fue una fiesta memorable llena de recuerdos y momentos felices, y el típico chismento de familia. Nunca había visto al abuelo tan feliz, de disfrutar con  toda su familia un día tan especial y esperado.
Cuando todo termino, algunos de mis primos y tío se tuvieron que ir, volver a sus obligaciones y rutina. No sé cuándo los vuelva a ver. Nos despedimos, con mucha tristeza y con la promesa de volver a vernos.
Mientras todos estaban limpiando, aproveché que estaban distraídos y me escapé para dormir una siesta ¡estaba tan cansada! En especial porque estuvo toda la noche y el día con tacos altos y aunque me encantan son una tortura en terreno de piedras.
A la tarde noche, mi primo Nene me invitó para conocer su iglesia. Me sorprendió su fe y espíritu para predicar. Me conmovió muchísimo.
Lo único que no me hizo tanta gracia fue la araña gigante que estaba junto a mí en la pared, y la sombra negra sospechosamente que cruzó. Pero es normal en un lugar en el medio del monte.
A la hora de irnos, ya estaba muy oscuro y casi me caigo varias veces. Llegamos cuando comenzaba a llover, aunque en el camino sentí  varias gotas. De cena, comimos de lo que había sobrado, ¡era muchísimo! Y pude comer una porción de torta antes de que el resto se lo comiera, y el tío Ul nos fue a buscar para ir a dormir.

Aunque habíamos prometido levantarnos temprano para tomar mate y comer torta, no lo logramos en ninguno de los sentidos, ya no había más torta. Sospecho que alguien se llevó la bandeja entera.
Con la fiesta ya terminada, fuimos a caminar por el pueblo pero terminamos en la casa de mi tío Aníbal tomando mate y charlamos hasta que el tío Leto nos fue a buscar para cenar en su casa. Comimos reviro con poroto y pollo que solo mi tía puede hacer. Estaba riquísimo aunque todavía estaba muy llena. Entre charlas, fueron cayendo otros primos que no había visto, pero que no dejaban de recordarme cómo me peleaba con uno de mis primos segundo. Si, éramos salvajes y tengo marchas en la mejilla que demuestran la saña que nos teníamos.
Ya tarde, volvimos a casa del abuelo donde charlamos un moco más hasta que fue la hora de irnos a dormir.
Esta vez si llegamos temprano, pero en vez de mate nos pusieron a preparar empanadas, una buena cantidad, pero el trabajo se hizo más llevadero porque estábamos todos juntos hablando entre todos. En serio, es realmente difícil seguir conversaciones que pasan del español al portugués y al portuñol. Llega un momento en el que no sabes quién está hablando de qué y quien perdió al gato en dónde.
Toda la comida que estábamos preparando era para cuando llegara todo el mundo, como último día para comer en familia. Pero en eso me enteré de que a mi mamá le habían invitado a comer locrillo en la casa de mi otro tío. Pero quería comer con nosotros así que rápido fue a comer allá, y después volvió para comer con nosotros, obviamente llena ya. Ni que decir de cómo estamos ahora.
Cuando estábamos tranquilamente empanadas, mi tío Aníbal trajo una cazuela de pollo al fuego, con muchos tipos de verduritas naturales y poco condimente, pero que la combinación le daba un sabor único, ¡estaba riquísimo! Nadie me había avisado que iban a traerlo por lo que solo pude comer poquito.
Pasamos un almuerzo lleno de risas, con historias graciosas típicas de la familia. Realmente la pasé muy feliz, terminando con un helado hecho por uno de mis primos, junto con anécdotas familiares que no puedo contar por acá, pero que casi me ahogan de tanto reírme.
Cuando mi tía Elisa estaba juntando sus cosas para volver a su casa –que eran mayormente comida que sobró del cumpleaños– nos enteramos que mi primo Cesar fue toreado por un buey en la pierna. Como chismosas parientes que somos fuimos a ver como estaba, que por suerte no fue nada grave más allá de un moretón, y terminamos quedándonos a cenar en su casa. Si, otra vez a comer.
Ya era tarde cuando la tía junto con sus hijos y amigo de su hijo se fueron. Nos despedimos con la promesa de volver a vernos pronto, espero que vengan aunque sea a casa antes de fin de año.
Con cada vez menos gente en la casa del abuelo, decidimos quedarnos a dormir ahí para poder despertarnos temprano y comenzar a hacer las valijas para la vuelta a casa.
Por suerte esta vez no vi ninguna araña.
Bien temprano a la mañana nos comenzamos a enlistar para el viaje, dándonos un baño mañanero y guardando la ropa que estaba fuera de la valija. Mientras mi hermana se preparaba y mi mamá corría de un lado a otro, me fui a desayunar unos panes con manteca y café que sabía un poco a quemado, pero igualmente bebible. Lo que sobró lo guardamos como matula –es decir, una vianda–, por el largo viaje al aeropuerto.
Antes de que fuera nuestro turno, fuimos a despedirnos de la tía Preta y Bryan, que se iban con el colectivo de la mañana hacia su casa, a encontrarse con el tío que se había ido días antes.
Cuando llegó nuestro tuno, Yani, mi prima, y su pareja fueron los que nos llevaron al aeropuerto. Nos despedimos con tristeza de todos, con abrazos y promesas de volver. Pero lo más triste fue despedirnos de abuelo, que lloró por mi mamá al darse cuenta de que podríamos tardar mucho tiempo en volver a verlo. Me dolió en el alma verlo así, siempre había sido tan fuerte, el pilar de la familia. Y verlo así me entristeció muchísimo.
Fue un viaje largo hasta Iguazú. Los cerros, con las subidas y bajadas y curvas cerradas siempre me produjeron mareos. Pensé que con el tiempo y acostumbrarme al viaje iba estar mejor, pero me equivoqué y terminé bastante mal hasta que llegamos al siguiente pueblo. Lo gracioso es que ahí, como me sentía mejor, compramos chipa de almidón. Nunca había comido una chipa tan rica, con la cantidad justa de queso y suavidad que se derretía en la lengua. Voy a ir algún día otra vez solamente para comprarme otra.
Cuando al fin llegamos en el aeropuerto, fue bastante temprano por lo que nos pusimos a ver las cosas que vendían. Prácticamente todo era de piedras preciosas esculpidas como animales o joyas. También encontramos en un rinconcito dos muñequitos de la mitología local hecho de porcelana fría. Eran perturbadoras.
Foto propia
Ya en el avión, que se había demorado, esperamos el despegue entre risas y chismes que no nos habíamos enterado en su momento. Pero cuando despegamos, llegó un punto en el que desde la ventanilla solo se veían nubes grises. Estaba aguantando bien, hasta que comenzaron las turbulencias. Nunca voy a olvidas ese momento, en el sentir cada movimiento brusco, la sensación de caída libre sabiendo que no es como una montaña rusa, que debajo no hay más que tierra precipitándose rápidamente. Si, admito que solté unos cuantos gritos y que me encomendé a Dios. Creo que volvió mi alma al cuerpo cuando el piloto nos aseguró que la turbulencia había pasado.
Más tarde me enteré de que una fuerte tormenta había azotado Puerto Iguazú, obligando a los automovilistas a detenerse. No quise pensar mucho en cómo podría haber estado el cielo en ese momento.
Por suerte, llegamos a salvo a Buenos Aires, aunque nuestras valijas llegaron antes en el vuelo anterior por lo que no tuvimos que esperar en la cinta.
Mi papá fue a esperarnos para llevarnos a casa, mientras nos ponía al día con las cosas que no habíamos perdidos, sin señal en el pueblo.
Cuando llegamos a casa, Nana, nuestro perro, y Agatha, mi gata, nos recibieron felices y cariñosas –cosa que me sorprendió de la arisca de mi gata– y nos pusimos a ordenar nuestras cosas.
Al fin volvimos, pero ya extraño estar rodeada de mi gente, de la efervescente energía que solo las familias ruidosas y numerosas tienen.

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